sábado, 23 de septiembre de 2017
Cuaresma 2009
por Dicasterio de la Formación
Lectio divina en el 150 aniversario de la Congregación

La Segunda Carta a los Corintios

 

 Es la carta de Pablo que, de modo más directo e incisivo, trata del tema del ministerio apostólico: ¿cuál es la identidad del verdadero apóstol, cuál debe ser su comportamiento, qué dotes debe poseer, qué riesgos puede correr?

Pablo escribe esta carta después de 20 años de ministerio, después de haber pasado por pruebas, dificultades, fatigas. La comunidad de Corinto, a la que se dirige, fue fundada por él y le era muy querida en su corazón, pero era una comunidad difícil. Mientras escribe la carta, Pablo vive fundamentalmente tres pruebas.

La primera es sentirse entonces rechazado por la mayoría de sus hermanos hebreos. Sobre la posibilidad de una misión privilegiada entre ellos, tal vez se había hecho alguna ilusión; esta ilusión en este momento ya había desaparecido.

La segunda prueba estaba constituida por los contrastes internos de la comunidad. En vez de una comunidad unida, fraterna, acorde, se encuentra con una comunidad dividida, litigiosa, desconfiada también respecto de él.

La tercera prueba es de tipo interior. Pablo alude a ella, pero de modo tan discreto que no permite comprender claramente de qué se trata: enfermedades, depresiones, persecuciones, tentaciones, contrastes y ataques a nivel pastoral…

Precisamente por este tipo de contenido, la segunda carta a los Corintios resulta un texto muy concreto y cercano a las vicisitudes que a cada uno de nosotros nos toca vivir a diario.

 

 

2 Corintios 4,1-6

 

            Para San Pablo y para las primeras comunidades el ministerio pastoral es, ante todo, el anuncio de la Palabra de Dios. En pocos versículos San Pablo sintetiza los elementos esenciales de este anuncio: origen, contenido, método, frutos.

 

1) Origen del ministerio pastoral

 

En el origen del ministerio pastoral está la benevolencia de Dios, su amor gratuito: “investidos de este ministerio por la misericordia que se ha tenido con nosotros” (v. 1). No nos encargamos por decisión personal, no se hace un concurso para acceder al ministerio. Es el Dios creador (cf. v. 6), que, como al principio de la creación hizo brillar la luz en las tinieblas, así ha iluminado la conciencia de Pablo para hacerle descubrir su gloria, irradiada sobre el rostro de Cristo, y llegar así a ser anunciador y testigo. Este v. 6 es muy denso y probablemente en él Pablo condensa el recuerdo de su experiencia de Damasco. Sigamos con el razonamiento de Pablo: la difusión del Evangelio en el mundo se presenta en los términos de una nueva creación. A la creación de la luz física en el mundo, Dios ha hecho seguir, en la plenitud de los tiempos, la manifestación del fulgor de su gloria, haciéndola brillar en primer lugar sobre el rostro de Cristo resucitado; de él esta luz se encendió en el corazón de Pablo (¡y debe encenderse en el corazón de todo apóstol!), que se dedica a hacerla resplandecer en el mundo, comunicando a los hombres el conocimiento del evento de la resurrección y de la glorificación de Cristo.

 

2) Contenido del ministerio pastoral

 

            Quien ha descubierto (¡por experiencia personal!) la realidad salvadora y poderosa de Dios, en términos bíblicos su ‘gloria’, sobre el rostro humano de Jesús, no puede anunciar sino a él, al Mesías histórico, al liberador, que es el Señor, el único Señor de los hombres y de la historia. Jesús reproduce de modo visible los rasgos del Dios invisible, es su “copia” histórica, pero al mismo tiempo es el proyecto ideal del hombre, la única y auténtica y plenamente lograda imagen de Dios. Aunque en nuestro texto el contenido del anuncio se expresa de varios modos, como verdad (v. 2), palabra de Dios (v. 2), Evangelio (v. 4), en el fondo se trata siempre y sólo de la persona de Jesús: “nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor” (v. 5).

 

            3) Método del ministerio pastoral

 

¿Cómo anunciar este Evangelio, que es una persona: Jesucristo, el Señor? El origen y el contenido definen también el método del ministerio pastoral. Pablo enumera una serie interesante de modalidades, de condiciones, y lo hace en forma negativa y positiva (cf. vv. 2.5).

En forma negativa: Sin perderse de ánimo: un anuncio hecho con confianza, a pesar de las dificultades y los contrastes inevitables. Repudiando el silencio vergonzoso: nada de subterfugios, nada de ficciones, nada de dobles juegos. No procediendo con astucia: nada de tejemanejes, nada de artes de la persecución oculta, nada de diplomacias. Ni falsificando la palabra de Dios: nada de reducciones del mensaje, sobre la base de una estrategia del consenso a toda costa.

En forma positiva: Anunciando abiertamente la verdad: es la ‘parresia’, el valor de proclamar abiertamente todo el Evangelio, sin descuentos ni selecciones. Nos presentamos delante de toda conciencia: no se trata de plagiar a los que escuchan; más bien se trata de despertar su inteligencia, de estimular su libertad. En la presencia de Dios: es la medida última de la autenticidad de la actitud pastoral. Como siervos vuestros por amor de Jesús: no es una diaconía dictada por la necesidad, por exigencias afectivas sospechosas; se hace uno capaz de diaconía, porque nos hemos entregado al Señor Jesús, es la pasión por Él que produce la compasión por los hermanos.

 

            4) Frutos del ministerio pastoral

 

La fidelidad al método evangélico no asegura automáticamente la acogida de la propuesta cristiana. A este propósito, la historia de Jesús es elocuente. Hay que contar con el rechazo abierto y obtuso de quien se cierra ante el anuncio del Evangelio, porque ha escogido como señor de su vida al diablo, al dios de este mundo (cf. vv. 3-4). Es una alusión discreta, pero precisa, a este poder maléfico que se inserta subrepticiamente en el juego libre de la voluntad humana y que, aun vencido sustancialmente por Cristo, conserva un gran poder sobre quien se abre ingenuamente a su influjo. Evangelizar es testimoniar, hacer ver, no obligar a mirar y a acoger. Esto no debe llevar la evangelización al pesimismo: ¡nunca se sabe todo el bien que se hace cuando se hace el bien! El bien, como la semilla, tiene una larga estación para madurar. Lo importante es que el evangelizador esté pleno del Dios que anuncia, como nos ilustran los relatos bíblicos de las vocaciones proféticas, y que no pretenda fijar él los tiempos y los modos de acogida del Evangelio por parte de sus destinatarios. Precisamente Pablo, en otra carta, después de haber constatado la fuerza del mal que le asediaba: “Sé que en mí no habita el bien; hay en mí el deseo del bien, pero no la capacidad de actuarlo; efectivamente, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero…¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?” (Rm 7.1-19.24), responde: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Acaso la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada?... Pero en todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad,  ni otra criatura alguna podrá nunca separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8,35.37-39).

 

Algunos testimonios en perspectiva de actualización existencial

 

            1) “Un amor apasionado por Cristo es el secreto de un anuncio convencido de Cristo” (Juan Pablo II).

 

            2) “Nada en el mundo nos dará acceso al corazón de nuestro prójimo, sino el hecho de haber concedido a Cristo el acceso al nuestro” (Delbrel).

 

            3) “Sólo las profundas convicciones pueden convencer profundamente. El anuncio cristiano no consiste en una comunicación de proposiciones sobre la fe, sino en una comunicación de la fe misma. Decir: Jesús es el Señor, es decir algo también de uno mismo: Jesús es mi Señor. No hay boca de apóstol, sin oído de discípulo. Anunciar a Cristo, sin ser íntimos de Cristo, es exponerse a oír que dice Satanás: Conozco a Jesús…, ¿pero vosotros quiénes sois? (Hch 19,15)” (Manaranche).

 

            4) “Quien evangeliza sin rezar acabará un día por no evangelizar más. No es sólo porque se olvida de cargar sus baterías, sino porque acabará en la hipocresía. ¿Cómo podrá proclamar vivo a Aquel a quien no se dirige nunca? Todo el que habla de Dios como un “Él”, sin decirle nunca “Tú”, tiene todo para olvidar los rasgos del rostro de Dios. La experiencia vivida de la evangelización no comporta sólo el acercamiento de los hombres, implica también el diálogo con Dios” (Guilluy).

 

            5) “En todo hombre hay la imagen de Dios. Con frecuencia esta imagen ha sido deteriorada, desfigurada, ha sufrido daños gravísimos. Y ahora yace deslucida, ofuscada, bajo un cúmulo de miserias y sigilada por tenaces incrustaciones de malicia. Todo apóstol auténtico tiene el deber de llegar a aquella imagen. Despertarla, volverla a la luz. Por esto hemos dicho que es preciso hacer de espejo. Pero hacen falta precisamente criaturas transparentes. Criaturas que poseen a Dios. Entonces será posible el milagro del encuentro. Sólo Dios es capaz de “despertar” al Dios que duerme en el rincón más profundo de ciertas almas. En todo Zaqueo que encontramos en nuestro camino hay un Dios sepultado en el rincón más oscuro. Responderá sólo a la voz de Dios” (Pronzato).

 

 

2 Corintios 4, 7-18

 

Pablo imagina que los cristianos de Corinto, ante la conmovida exaltación que él ha hecho de su ministerio pastoral en la sección precedente, se preguntan: Pero ¿dónde está la gloria divina, que resplandece sobre el rostro de Cristo y que Pablo, después de haber hecho una experiencia personal, debería testimoniar, documentar y difundir para el bien de sus hermanos? Pero si el apóstol corre de una ciudad a otra, denunciado ante las autoridades, excluido y amenazado por los grupos judeocristianos que no le perdonan su ‘apostasía’, si él mismo es presa de continuos saltos de humor, con alternativa de arrojos y de optimismo espiritual a la redonda y de momentos de desaliento y desilusión?

            Pablo, que está dictando la carta, intuye esta posible, legítima objeción, y desarrolla entonces una respuesta adecuada.

 

            1) Un tesoro en vasos de barro (vv. 7-12)

 

            Ciertamente este “tesoro”, que es el “Evangelio de la gloria de Cristo”, está depositado en recipientes de barro, es decir, en personas, como Pablo y como cualquier otro apóstol, limitadas, débiles, frágiles. La Biblia en tantas páginas documenta desde siempre este hecho, es una constante del obrar de Dios el servirse de instrumentos humanamente insignificantes. Y esto, observa Pablo, para que no se corra el peligro de atribuir al instrumento humano el mérito del resultado, sino siempre y sólo a la potencia de Dios. Y Pablo, con una serie pintoresca de palabras, describe a un tiempo la precariedad congénita de su situación existencial, como si fuese un animal buscado de cerca por cazadores y perros o un púgil agotado cercano a la rendición definitiva, y la misteriosa energía que cada vez lo vigoriza y lo relanza.

            Pero Pablo intuye una realidad todavía más sublime, es decir que precisamente la experiencia del límite, de la persecución, de la tribulación, vivida con amor y fidelidad al proyecto del Señor, es el modo concreto para participar en los sufrimientos y en la muerte de Cristo; más aún, para renovar y completar esta oferta total de Jesús. Pero como él ha triunfado de la muerte y de la hostilidad de sus enemigos, así los apóstoles que comparten sus contradicciones y su muerte participan en la potencia victoriosa de su resurrección. No sólo, estos sufrimientos soportados por causa de Jesús y siguiendo su ejemplo se convierten en principio de vida y de salvación para los fieles. Pablo no es, por lo tanto, un soñador, no tiene una visión ingenua y romántica de su vocación apostólica, sabe que la potencia de Dios, que está también en acción en su vida, no le garantiza un salvoconducto, ni le hace invulnerable como los héroes de las historias caricaturescas.

 

2) Un tesoro que se hace sólido por la fe (vv. 13-18)

 

            Este lúcido y realista conocimiento no bloquea a Pablo, no le encoge, no le paraliza. Él sigue hablando, obrando, porque se apoya en el sólido fundamento de la fe: Nosotros creemos y por eso hablamos (v. 13), la fe en la fuerza de la resurrección, que, como ha desarrollado su energía en Jesús, así desarrolla sus efectos en los apóstoles. En parte, estos efectos son comprobables en seguida y por esta ‘gracia’, verificable para quien tiene ojos de fe ya ahora, se multiplica el himno de alabanza a la gloria de Dios.

            Pero la maduración completa de los frutos de la resurrección sucederá al final, cuando, dice estupendamente San Pablo, Dios nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos presentará ante él juntamente con vosotros (v. 14). Y es precisamente el conocimiento de este pesado caudal de gloria eterna (v. 17), y es precisamente la mirada fija en las cosas invisibles (v. 18) el motivo del optimismo y de la confianza de Pablo. Por esto, no nos desanimamos (v. 16), a pesar de que las dificultades, las luchas, las tribulaciones vayan consumando y deteriorando las fuerzas físicas del apóstol. Y Pablo, en diversos versículos, profundiza ulteriormente la reflexión sobre este su destino final, que es la razón última y sólida de su esperanza.

 

 

Algunos testimonios en perspectiva de actualización existencial

 

            1) “El monte del Calvario es el monte de los amantes. Todo amor que no proviene de la Pasión del Señor es frívolo y caduco. Desgraciada la muerte sin el amor del Salvador” (San Francisco de Sales).

 

            2) “Somos discípulos de un maestro doliente y humillado. Somos llamados a seguirlo en el Tabor rara vez, en el Calvario con frecuencia, antes de seguirlo en la Ascensión en el monte de los Olivos” (Dom Leodey).

 

            3) “El momento en que Jesús es entregado a los que hacen de él lo que quieren es un momento de viraje en el ministerio de Jesús. Significa el paso de la acción a la pasión. Después de años de enseñanza, de predicación, de curaciones, en que iba donde quería, Jesús es entregado a los caprichos del enemigo. Las cosas ya no están hechas por él, sino que se le hacen a él. Es importante para mí comprender que Jesús cumple su misión no por lo que hace, sino por lo que se le hace. Como para cualquier otro, gran parte de mi vida está determinada por lo se me hace, y es por esto pasión. Sólo pequeñas partes de mi vida son determinadas por lo que pienso, digo y hago. Soy proclive a protestar contra esto y a querer ser todo acción, que todo sea hecho por mí. Pero la verdad es que mi pasión es una parte de mi vida mucho más grande que mi acción” (Nouwen).

 

            4) “En la vieja Catedral de Molfetta hay un gran Crucifijo de terracota. Lo ha regalado un artista del lugar. El párroco, a la espera de colocarlo definitivamente, lo ha puesto en la pared de la sacristía y ha colocado un cartón con la frase: Colocación provisional. El escrito, que en un primer momento yo lo había cambiado como título de la obra, me pareció providencialmente inspirado. Colocación provisional. Pienso que no haya fórmula mejor para definir la Cruz. La mía, tu cruz, no sólo la de Cristo. ¡Ánimo! Tu cruz, aunque durase toda la vida, es siempre colocación provisional. El Calvario, donde estuvo plantada, no es zona residencial. Y el terreno de esta colina, donde se consuma tu sufrimiento, no se venderá nunca como suelo edificatorio. También el Evangelio nos invita a considerar la provisionalidad de la cruz. Hay una frase inmensa, que resume la tragedia de la creación en el momento de la muerte de Cristo: Desde mediodía hasta las tres de la tarde, toda la tierra quedó en tinieblas. Tal vez es la frase más oscura de toda la Biblia. Para mí es una de las más luminosas. Precisamente por las reducciones de horario que estrechan, como dos palas insalvables, el tiempo en que se concede a la oscuridad influir sobre la tierra. Desde mediodía hasta las tres de la tarde. He aquí las orillas que limitan el río de las lágrimas humanas. He aquí los conflictos que oprimen en espacios circunscritos todos los estertores de la tierra. He aquí las barreras dentro de las cuales se consuman todas las agonías de los hijos del hombre. Desde mediodía hasta las tres de la tarde. Sólo entonces está permitida la permanencia en el Gólgota. Fuera de ese horario, hay prohibición absoluta de estacionamiento. Después de tres horas, habrá la remoción forzada de todas las cruces. Una permanencia más larga será considerada abusiva también por Dios. ¡Ánimo! Faltan pocos instantes hasta las tres de tu tarde. Dentro de poco, la oscuridad cederá el puesto a la luz, la tierra adquirirá sus colores virginales, y el sol de la Pascua irrumpirá entre las nubes en fuga” (Mons. Tonino Bello).

 

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